AMG Viajes · Viajes a medida para grupos
Iglesia de madera noruega al final de un sendero entre lápidas

Alejandro Martínez Galán

¿Esperábais encontrar aquí a un guía con treinta años de oficio?

No soy ese guía. Llevo más de treinta y cinco años viajando por el mundo, y llegué al turismo después.

Retrato de Alejandro como peregrino, con mochila y una concha al cuello

Primero aprendí a moverme solo por el mundo.

La curiosidad empezó pronto: un viaje de estudios a los catorce años, Mallorca sin profesores a los diecisiete y, a los veinte, un tren hasta Roma para comprobar si mi inglés y mi autonomía daban para una aventura internacional.

Después llegaron más de treinta años abriendo mercados y vendiendo maquinaria industrial en más de 85 países. Organizaba cada desplazamiento, estudiaba cada ruta, negociaba y resolvía los problemas que aparecían.

“No viajaba con un equipo. Yo era el equipo.”

35+

años de experiencia internacional

85+

países recorridos

6

años viviendo en Copenhague

4

idiomas de trabajo

Dinamarca cambió el rumbo.

Después de conocer el mundo sin haber vivido nunca fuera de España, me mudé a Copenhague. Dejé atrás una carrera consolidada y volví a empezar: aprendí, me adapté y acepté trabajos muy distintos entre sí.

En el puerto de cruceros descubrí el turismo desde dentro. Después llegaron Copenhague, Escandinavia y los países bálticos como guía y Tour Leader.

No llegué al turismo desde un catálogo.

Alejandro, con la paleta numérica de MSC, junto a su grupo frente a la Sirenita de Copenhague Un grupo con chubasqueros posa bajo la lluvia en la plaza Kongens Nytorv de Copenhague

La calma también forma parte del itinerario.

Dos vuelos cancelados en dos días consecutivos. Un grupo dividido entre varios países. Hoteles, taxis y nuevas conexiones que coordinar hasta volver a reunirnos en Noruega al tercer día.

Esta fotografía no habla de la incidencia. Habla de lo importante: el grupo volvió a estar junto y el viaje siguió adelante.

El grupo completo posa ante el monumento de las espadas en la roca, en Stavanger
Alejandro, vestido de ohenro, muestra el certificado de los 88 templos de Shikoku

Después llegó el camino.

Seis peregrinaciones a pie en cuatro continentes, desde Lisboa hasta los 88 templos de Shikoku. Ninguna se pareció a la anterior y todas me enseñaron lo mismo: que un viaje puede tener un destino claro y, aun así, dejar sitio para lo que no estaba previsto.

Caminar me obligó a escuchar más y a decidir menos. Es, probablemente, lo que más ha cambiado mi forma de acompañar a un grupo.

Por qué hago esto

He viajado de todas las maneras posibles.

He visto el mundo desde la sala de espera de un aeropuerto, camino de una fábrica. Desde una mochila, caminando solo durante semanas. Desde el asiento delantero de un autobús con cuarenta personas a mi cargo. Y de vacaciones con mis hijos, que es la forma más exigente de todas.

Cada una enseña algo distinto. El trabajo me enseñó a resolver y a no perder la calma cuando algo se tuerce. El camino, a escuchar y a dejar sitio para lo que no estaba previsto. Guiar grupos, que un grupo no es una suma de personas: tiene su propio ritmo, y hay que saber leerlo. Y viajar en familia, que el itinerario más brillante no vale nada si alguien va incómodo.

Eso es lo que quiero poner al servicio de vuestro viaje. No enseñaros los míos, sino ayudaros a construir el vuestro, con la ventaja de que ya me he equivocado unas cuantas veces antes que vosotros.

Lo que he aprendido viajando solo sirve si lo comparto.

Los viajes no empezaron cuando me hice guía.

Hay una historia detrás de esos números. Podéis abrir solamente la etapa que os apetezca conocer.

La curiosidad empezó pronto

Mi primer gran viaje llegó a los catorce años: desde Bilbao atravesamos la península hasta Madrid, Córdoba, Granada y Málaga, y cruzamos en ferry a Ceuta. A los diecisiete ya participé en la organización de un viaje a Mallorca sin profesores. Recaudamos el dinero, hicimos las reservas y, durante unos días, fuimos responsables de nosotros mismos.

A los veinte cogí solo un tren desde Hendaya hasta Roma para participar en un encuentro internacional de jóvenes. Quería comprobar si mi inglés era suficiente y, sobre todo, si sabía desenvolverme fuera de casa. Regresé sabiendo que sí. Después vendría el Interrail y muchas otras formas de aprender viajando.

Más de treinta años viajando solo

Durante la mayor parte de mi vida profesional fui director comercial en el sector de la maquinaria para la industria alimentaria. Mi trabajo me llevó a fábricas, puertos y pequeñas ciudades de Europa, África, Asia y América. No solía viajar acompañado por un técnico o por el director de ingeniería. Preparaba mis vuelos y hoteles, estudiaba cada desplazamiento, visitaba a los clientes y resolvía sobre el terreno.

Ese oficio me enseñó a observar y a preguntar. También a buscar siempre una forma mejor de hacer las cosas: un horario más inteligente, un hotel bien situado o una tarde junto al mar después de terminar el trabajo. Mis hijos todavía me dicen que pregunto demasiado. Puede ser. Pero preguntar ha sido siempre mi manera de comprender un lugar y a su gente.

Dinamarca y el valor de empezar de cero

Me mudé a Copenhague por razones familiares, sin saber danés y sin tener resuelta mi siguiente etapa profesional. Después de haber recorrido más de 85 países, era la primera vez que vivía fuera de España. Estudié el idioma, rehice mi currículum y entendí que allí importaba menos explicar todo lo que ya había hecho que demostrar qué podía aportar ahora.

Cuando terminó mi breve regreso a la industria, acepté trabajos muy distintos: logística, cocina, congresos y voluntariado. Una oportunidad llevó a otra hasta llegar al puerto de cruceros. Allí atendí desembarques y embarques de miles de pasajeros de compañías como Disney, MSC y Regent; después empecé a guiar en Copenhague y a acompañar circuitos por Escandinavia, los países bálticos y Laponia. Dinamarca me recordó que reinventarse no consiste en borrar lo anterior, sino en utilizarlo de otra manera.

El viaje que también sucede por dentro

En 2021 inicié solo el Camino Portugués desde Lisboa. No tenía casa a la que regresar en Copenhague y buscaba algo de luz para mi siguiente etapa, en todos los sentidos. Una lesión repentina de rodilla me llevó inesperadamente a Fátima, donde escribí tres cartas a tres mujeres importantes de mi vida y di gracias caminando de rodillas. Al día siguiente pude volver a caminar perfectamente.

En el camino conocí historias que no se olvidan: un peregrino con fibrosis pulmonar, diagnosticado con dos meses de vida, decidido a caminar mientras su cuerpo se lo permitiera; una mujer que avanzaba para ordenar un dolor emocional mucho más profundo que el de sus pies. Después llegaron la Vía Francigena, el Jerusalem Way, la basílica de Guadalupe, Lalibela y Gondar en Etiopía y los 88 templos de Shikoku. Fue en Italia donde entendí que podía unir mis dos mundos: la capacidad de organizar y resolver con una forma más cercana, serena y humana de acompañar.

Multitud vestida de blanco a orillas del estanque durante la celebración del Timkat en Gondar

Vosotros ya sois el grupo.

Yo escucho lo que queréis vivir, diseño el viaje y coordino cada pieza. Y, si tiene sentido para vosotros, también os acompaño.

Contadme vuestra idea